—Maestro —preguntó el discípulo mientras observaban
cómo el sol desaparecía detrás de las montañas—, ¿por qué
dicen que la muerte es un recordatorio?
El Maestro no respondió enseguida. Señaló una flor que
crecía entre las piedras.
—¿Ves esa flor?
—Sí.
—No sabe cuántos amaneceres le quedan. Precisamente por
eso se abre por completo cada mañana.
El discípulo guardó silencio.
—Nosotros, en cambio —continuó el Maestro—, vivimos
como si tuviéramos un cofre infinito de días. Dejamos para
mañana el abrazo, el perdón, la gratitud y la alegría.
—Entonces, ¿la muerte viene a asustarnos?
El anciano negó con dulzura.
—No. Viene a despertarnos. Nos susurra: “No olvides vivir
mientras respiras”.
El joven bajó la cabeza.
—Pero pensar en la muerte me entristece.
—Solo si la miras como un ladrón. Mírala como un maestro.
Ella no roba la vida; le devuelve su valor. Un día sin fin
pierde su precio. Un día que puede ser el último se vuelve un
tesoro.
El discípulo contempló el horizonte, donde la última luz
acariciaba la tierra.
—Creo que empiezo a entender.
El Maestro sonrió.
—Cada amanecer es una invitación; cada atardecer, un
recordatorio. No sabemos cuándo terminará el viaje, pero sí
podemos decidir con qué corazón recorrer el siguiente paso.
Y el discípulo comprendió que recordar la muerte no es
aprender a morir, sino dejar de posponer la vida que solo
puede vivirse hoy.
