Eduardo Galeano falleció en Mexico hace casi 11años un 13 de abril del 2015, este texto lo
publicó el 11 de julio de 2014.
GAZA
Para justificarse, el terrorismo de Estado fabrica terroristas: siembra odio y cosecha coartadas.
Todo indica que esta carnicería de Gaza, que según sus autores quiere acabar con los
terroristas, logrará multiplicarlos.
Desde 1948, los palestinos viven condenados a la humillación perpetua. No pueden ni respirar
sin permiso. Han perdido su patria, sus tierras, su agua, su libertad, su todo. Ni siquiera tienen
derecho a elegir sus gobernantes. Cuando votan a quien no deben votar, son castigados. Gaza
está siendo castigada. Se convirtió en una ratonera sin salida, desde que Hamas ganó
limpiamente las elecciones en el año 2006. Algo parecido había ocurrido en 1932, cuando el
Partido Comunista triunfó en las elecciones de El Salvador. Bañados en sangre, los
salvadoreños expiaron su mala conducta y desde entonces vivieron sometidos a dictaduras
militares. La democracia es un lujo que no todos merecen.
Son hijos de la impotencia los cohetes caseros que los militantes de Hamas, acorralados en
Gaza, disparan con chambona puntería sobre las tierras que habían sido palestinas y que la
ocupación israelita usurpó.
Y la desesperación, a la orilla de la locura suicida, es la madre de las bravatas que niegan el
derecho a la existencia de Israel, gritos sin ninguna eficacia, mientras la muy eficaz guerra de
exterminio está negando, desde hace años, el derecho a la existencia de Palestina. Ya poca
Palestina queda. Paso a paso, Israel la está borrando del mapa.
Los colonos invaden, y tras ellos los soldados van corrigiendo la frontera. Las balas sacralizan
el despojo, en legítima defensa.
No hay guerra agresiva que no diga ser guerra defensiva. Hitler invadió Polonia para evitar que
Polonia invadiera Alemania. Bush invadió Irak para evitar que Irak invadiera el mundo. En cada
una de sus guerras defensivas, Israel se ha tragado otro pedazo de Palestina, y los almuerzos
siguen. La devoración se justifica por los títulos de propiedad que la Biblia otorgó, por los dos
mil años de persecución que el pueblo judío sufrió, y por el pánico que generan los palestinos
al acecho.
Israel es el país que jamás cumple las recomendaciones ni las resoluciones de las Naciones
Unidas, el que nunca acata las sentencias de los tribunales internacionales, el que se burla de
las leyes internacionales, y es también el único país que ha legalizado la tortura de prisioneros.
¿Quién le regaló el derecho de negar todos los derechos? ¿De dónde viene la impunidad con
que Israel está ejecutando la matanza de Gaza?
El gobierno español no hubiera podido bombardear impunemente al País Vasco para acabar
con ETA, ni el gobierno británico hubiera podido arrasar Irlanda para liquidar a IRA. ¿Acaso la
tragedia del Holocausto implica una póliza de eterna impunidad? ¿O esa luz verde proviene de
la potencia mandamás que tiene en Israel al más incondicional de sus vasallos?
El ejército israelí, el más moderno y sofisticado del mundo, sabe a quién mata. No mata por
error. Mata por horror. Las víctimas civiles se llaman daños colaterales, según el diccionario de
otras guerras imperiales. En Gaza, de cada diez daños colaterales, tres son niños. Y suman
miles los mutilados, víctimas de la tecnología del descuartizamiento humano, que la industria
militar está ensayando exitosamente en esta operación de limpieza étnica. Y como siempre,
siempre lo mismo: en Gaza, cien a uno. Por cada cien palestinos muertos, un israelí.
Gente peligrosa, advierte el otro bombardeo, a cargo de los medios masivos de manipulación,
que nos invitan a creer que una vida israelí vale tanto como cien vidas palestinas. Y esos
medios también nos invitan a creer que son humanitarias las doscientas bombas atómicas de
Israel, y que una potencia nuclear llamada Irán fue la que aniquiló Hiroshima y Nagasaki.
La llamada comunidad internacional, ¿existe? ¿Es algo más que un club de mercaderes,
banqueros y guerreros? ¿Es algo más que el nombre artístico que los Estados Unidos se
ponen cuando hacen teatro? Ante la tragedia de Gaza, la hipocresía mundial se luce una vez
más.
Como siempre, la indiferencia, los discursos vacíos, las declaraciones huecas, las
declamaciones altisonantes, las posturas ambiguas, rinden tributo a la sagrada impunidad.
Ante la tragedia de Gaza, los países árabes se lavan las manos como siempre. Y como
siempre, los países europeos se frotan las manos.
La vieja Europa, tan capaz de belleza y de perversidad, derrama alguna que otra lágrima
mientras secretamente celebra esta jugada maestra.
Porque la cacería de judíos fue una costumbre europea, pero desde hace medio siglo esa
deuda histórica está siendo cobrada a los palestinos, que también son semitas y que nunca
fueron, ni son, antisemitas. Ellos están pagando, en sangre contante y sonante, una cuenta
ajena.
