Una mañana, Nasrudín llegó al monasterio con tres periódicos bajo el brazo.
—Maestro —dijo—, he comprado tres para saber qué sucede en el mundo.
El Maestro sonrió.
—¿Y dicen lo mismo?
—No. Por eso compré tres.
Los discípulos rieron.
El Maestro tomó los periódicos, los extendió sobre la mesa y preguntó:
—¿Qué buscan cuando los leen?
—La verdad —respondió un joven.
—Entonces empiezan con una tarea difícil —dijo el Maestro—. Porque una noticia puede contar
lo ocurrido, pero también puede elegir qué parte contar, cuál esconder, qué palabra repetir y qué
silencio dejar entre las líneas.
Nasrudín levantó uno de los diarios.
—¿Entonces los periódicos mienten?
—No necesariamente. Hay periodistas que buscan la verdad con enorme dignidad. Pero también
existe una mentira que no necesita inventar nada.
Los discípulos quedaron desconcertados.
El Maestro tomó una lámpara y la acercó a una pared.
—Miren.
La luz iluminó una pequeña parte del muro mientras el resto permanecía oscuro.
—Todo lo que ven es verdadero —dijo—. Pero sería falso afirmar que esto es toda la pared.
Nasrudín bajó lentamente el periódico.
—Entonces también se puede engañar diciendo solamente verdades.
—Exactamente. Basta escoger cuáles mostrar y cuáles mantener en la sombra.
El Maestro dobló los periódicos y los devolvió.
—No teman a quien les cuenta una mentira: a veces puede descubrirse. Tengan más cuidado con
quien selecciona cuidadosamente las verdades que ustedes deben conocer.
—¿Y cómo defendernos, Maestro?
El anciano sonrió.
—No busquen un periódico que piense por ustedes.
Busquen una mente que todavía se atreva a preguntar:
¿Qué noticia falta aquí?
