Al terminar la enseñanza, un discípulo se quedó rezagado.
Tenía el ceño fruncido y el corazón encogido.
—Maestro, estoy triste. Quiero regalarle algo de valor a mi
amada, pero tengo muy poco dinero.
El Maestro lo observó con afecto.
—¿Cuánto dinero tienes?
El joven le mostró unas cuantas monedas.
—Y dime, ¿cuánto tiempo tienes?
—¿Tiempo? Ese sí tengo.
El Maestro sonrió.
—¡Entonces eres más rico de lo que pensabas!
El discípulo soltó una risa incrédula.
—¿Quién se enamora de un reloj vacío?
—Nadie —respondió el Maestro—. Pero muchos dejan de
enamorarse de quien nunca tiene tiempo para mirar a los
ojos.
El joven guardó silencio.
El Maestro tomó una hoja seca que había caído de un árbol y
se la entregó.
—Si yo te dijera que esta hoja cayó el día en que comprendí
el sentido de la gratitud, ¿cuánto valdría para ti?
—Muchísimo.
—¿Y la hoja cambió?
—No.
—Cambió el corazón que la recibió.
El discípulo comprendió.
Antes de marcharse, el Maestro añadió con una sonrisa:
—Llévale flores si puedes. Un libro, si le gusta leer. Un
pequeño detalle, si está a tu alcance. Pero nunca olvides
envolver cualquier regalo con aquello que el dinero no
compra: tu presencia, tu escucha, tu ternura y tu tiempo.
Y concluyó:
—Lo costoso impresiona por un momento; lo auténtico
permanece para siempre. Porque el amor nunca pregunta
cuánto gastaste, sino cuánto de ti mismo fuiste capaz de
entregar.
