La casa en silencio

Un discípulo preguntó al Maestro:

—Maestro, ¿no teme que su vida sea demasiado aburrida?

El Maestro levantó la mirada del libro que estaba leyendo.

—¿Por qué lo preguntas?

—Casi nunca va a fiestas. No presume viajes. No parece interesado en estar donde todos quieren estar. Lee, escucha música, camina, cocina con su familia… pasa mucho tiempo en casa.

El Maestro sonrió.

—¿Y te parece poco?
—El mundo dice que hay que salir, conocer, viajar, hacer cosas extraordinarias.

El Maestro cerró el libro.

—Vivimos en este mundo, pero no estamos obligados a vivir como todo el mundo.

Los discípulos guardaron silencio.

—Hay quienes recorren miles de kilómetros porque no saben quedarse quietos consigo mismos.

Otros llenan sus días de ruido porque temen escuchar lo que aparece cuando todo calla.
Señaló su taza de té.

—Una casa puede ser una prisión para quien quiere esconderse de la vida. Pero también puede convertirse en un templo para quien ha aprendido a habitarse.
—Entonces, ¿debemos quedarnos en casa? —preguntó otro discípulo.
—No. Deben aprender a no necesitar escapar de ella.

El Maestro miró hacia la ventana. Afuera, la tarde comenzaba a caer.

—Viajen cuando el camino los llame. Celebren cuando haya algo que celebrar. Conozcan el mundo. Pero no confundan movimiento con vida ni ruido con alegría.
Tomó nuevamente su libro.

—El verdadero lujo no consiste en poder ir a cualquier lugar.
Hizo una pausa.

—Consiste en no necesitar estar en otro lugar para sentirte en paz.

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