Una joven de extraordinaria belleza buscó al Maestro al caer la tarde. Sus ojos, que todos admiraban, estaban llenos demiedo.
—Maestro —dijo en voz baja—, lo que más me preocupa es envejecer. Pensar en perder mi belleza me horroriza.
El anciano tomó un cuenco de barro, lo llenó con agua y lo colocó entre ambos.—Asómate.
La joven contempló su rostro perfecto reflejado en la superficie inmóvil.
Entonces el Maestro dejó caer una pequeña hoja. El agua tembló y el reflejo desapareció.
—¿Dónde quedó tu belleza? —preguntó.—Sigue aquí… aunque ya no pueda verla.
El Maestro sonrió.
—Exactamente. La belleza que depende del espejo desaparece con la menor brisa. La otra, la que nace de un corazón compasivo, de una mirada limpia y de unas manos que alivian el dolor, ni el tiempo puede borrarla.
La joven guardó silencio.
El Maestro añadió:
—Cada cumpleaños te robará un poco del rostro que hoy tanto defiendes, pero puede regalarte un alma más luminosa. La juventud siempre negocia con el tiempo; el amor, en cambio, nunca envejece.
Muchos años después, cuando las arrugas llegaron sin pedir permiso, la mujer comprendió aquellas palabras. Descubrió que las personas ya no se acercaban para admirar su rostro,sino para descansar en su presencia.}
Y entendió, al fin, que la flor más hermosa no es la que tarda más en marchitarse, sino la que, mientras vive, perfuma el camino de todos los que pasan a su lado.
