El sendero

Un discípulo se acercó al Maestro preocupado por su hijo.


—Ya no logra concentrarse. Estudia unos minutos y busca su teléfono. Se aburre si algo tarda, se
desespera si no recibe una respuesta inmediata.
—Tráeme mañana una cesta —dijo el Maestro.

Al amanecer caminaron hacia el bosque.

Encontraron dos senderos. Uno estaba limpio y marcado por muchas pisadas. El otro apenas
podía distinguirse entre la hierba.

—Recorramos este —dijo el Maestro señalando el más débil.

Caminaron por él varias veces.

Después de algunos días, la hierba comenzó a ceder y apareció nuevamente el camino.

—Ahora entiendo —dijo el discípulo—. Un sendero se forma cuando lo recorremos.
—También desaparece cuando dejamos de hacerlo.

El Maestro tomó entonces el teléfono del joven y lo puso dentro de la cesta.

—El cerebro se parece a este bosque. Aquello que practicas abre caminos. Aquello que abandonas comienza a cubrirse de hierba.


El muchacho miró su teléfono.

—¿Entonces debo dejar de usarlo?
—No. Pero debes decidir qué senderos quieres conservar.

Se sentaron bajo un árbol.

Durante una hora no hubo mensajes, videos ni sonidos. El joven comenzó inquieto. Después
escuchó los pájaros. Observó unas hormigas. Hizo preguntas. Permaneció largo rato mirando las
nubes.

Al regresar, el Maestro sacó el teléfono de la cesta y se lo devolvió.

—¿Ya puedo usarlo?
—Claro.

Y mientras continuaban caminando añadió:

—Solo recuerda que cada vez que entregas tu atención a algo, estás construyendo un camino.

El discípulo miró hacia atrás.

Por primera vez comprendió que también somos responsables de los senderos que dejamos
desaparecer.

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