El jardin de las tres sombras

Una tarde, mientras caminábamos entre los granados, un discípulo preguntó:


—Maestro, ¿cómo puedo saber quiénes son mis verdaderos amigos?
El Maestro sonrió y señaló a Nasrudin, que discutía con un burro porque el animal se
negaba a cruzar un puente.
—Observa primero a ese sabio de cuatro patas. Siempre enseña sin proponérselo.
Nasrudin terminó cruzando…porque decidió seguir al burro.

Más tarde, el Maestro comenzó su relato:


—Conocí a un anciano jardinero que cultivaba tres árboles. El primero daba frutos
abundantes y atraía visitantes que llenaban sus cestas. Cuándo llego el invierno y dejó
de producir, nadie volvió.


El segundo ofrecía una sombra deliciosa. Allí se reunían músicos, viajeros y
enamorados. Reían hasta el anochecer. Pero cuando un rayo partió sus ramas,
buscaron otras sombras sin despedirse.


El tercero era torcido, de tronco áspero y casi sin frutos. Solo un viejo caminante
regresaba cada semana. Se sentaba junto a él sin pedir nada. A veces hablaba; otras,
ambos guardaban silencio. Cuando el árbol finalmente cayó, el caminante siguió
visitando el lugar y dejó allí una jarra de agua para las flores silvestres.


El discípulo preguntó:
—¿Por que iba si el árbol ya no estaba?
El Maestro respondió:
— Porque nunca fue al árbol. Fue a honrar aquello que ambos habían llegado a ser.
Y añadió, casi un murmullo:
—Hay amistades que buscan lo que puedes dar. Otras, lo bien que las haces sentir.
Las más raras celebran quién eres, incluso cuando ya no puedes ofrecer ni frutos, ni
sombra.

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