La pequeña cerillera


Este cuento, es el 37 de la colección del escritor y poeta danés Hans Christian Andersen, famoso por sus cuentos infantiles y se inspiró en su madre que era lavandera y vivían en la pobreza.
¡Qué frío hacia!, nevaba y comenzaba a oscurecer, era la última noche del año, la noche de San Silvestre. Bajo aquel frío y en aquella oscuridad, pasaba por la calle una pobre niña, descalza y con la cabeza descubierta. Verdad es que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero, ¡de que le sirvieron! Eran unas zapatillas que su madre había llevado últimamente y a la pequeña le venían tan grandes, que las perdió al cruzar corriendo la calle para librarse de dos coches que venían a toda velocidad. Una de las zapatillas no hubo medio de encontrarla, y la otra se la había puesto un mozalbete, que dijo que le haría servir de cuna el día que tuviese hijos.
Y así la pobrecilla andaba descalza con los desnudos piececitos completamente amoratados por el frío. En un viejo delantal llevaba un puñado de fósforos, y un paquete en una mano. En todo el santo día nadie le había comprado nada, ni le había dado un mísero chelín, volvía a su casa hambrienta y medio helada, ¡y parecía tan abatida, la pobrecilla! Los copos de nieve caían sobre su largo cabello rubio, cuyos hermosos rizos le cubrían el cuello, pero no estaba ella para presumir.
En un ángulo que formaban dos casas, una más saliente que la otra, se sentó en el suelo y se acurrucó hecha un ovillo. Encogía los piececitos todo lo posible, pero el frío la iba invadiendo, y, por otra parte, no se atrevía a volver a casa, pues no había vendido ni un fósforo, ni recogido un triste céntimo. Su padre le pegaría, además de que en casa hacía frío también, solo los cobijaba el tejado, y el viento entraba por todas partes, pese a la paja y los trapos con que habían procurado tapar las rendijas. Tenía las manitas casi ateridas de frío. ¡Ay, un fósforo la aliviaría seguramente! ¡Si se atreviese a sacar uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y calentarse los dedos! Y sacó uno, “¡ritch!”
¡Cómo chispeó y cómo quemaba! Dio una llama clara, cálida, como una lucecita, cuando la resguardó con la mano, una luz maravillosa. Le pareció a la pequeñuela que estaba sentada junto a una gran estufa de hierro, con pies y campana de latón, el fuego ardía magníficamente en su interior, ¡y calentaba tan bien! La niña alargó los pies para calentárselos a su vez, pero se extinguió la llama, se esfumó la estufa, y ella se quedó sentada, con el resto de la consumida cerilla en la mano.
Encendió otra, que, al arder y proyectar su luz sobre la pared, volvió a ésta transparente como si fuese gasa, y la niña pudo ver el interior de una habitación donde estaba la mesa puesta, cubierta con un blanquísimo mantel y fina porcelana. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor del caso fue que el pato saltó fuera de la Fuente y, anadeando por el suelo con un tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigió hacia la pobre muchachita. Pero en aquel momento se apagó el fósforo, dejando visible tan sólo la gruesa y fría pared. Encendió la niña una tercera cerilla, y se encontró sentada debajo de un bellísimo árbol de Navidad. Era aún más alto y más bonito que el que viera la última Nochebuena, a través de la puerta de cristales, en casa del rico comerciante. Millares de velitas, ardían en las ramas verdes, y de estas colgaban pintadas estampas, semejantes a las que adornaban los escaparates. La pequeña levantó los dos bracitos… y entonces se apagó el fósforo. Todas las lucecitas se remontaron a lo alto, y ella se dió cuenta de que eran las rutilantes estrellas del cielo, una de ellas se desprendió y trazó en el firmamento una larga estela de fuego.

Alguien se está muriendo, pensó la niña, pues su abuela, la única persona que la había querido, pero que estaba muerta ya, le había dicho, cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia Dios.
Frotó una nueva cerilla contra la pared, se iluminó el espacio inmediato y aparecido la abuelita, radiante, dulce y cariñosa.
¡Abuelita! Exclamó la pequeña, ¡llévame contigo! Sé que te irás también cuando apague el fósforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad.
Se apresuró a encender los fósforos que le quedaban, afanosa de no perder a su abuela, y los fósforos brillaron con luz más clara que la del pleno día. Nunca la abuelita había sido tan alta y tan hermosa, tomó a la niña en el brazo y, envueltas las dos en un gran resplandor, henchidas de gozo, emprendieron el vuelo hacia las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío, hambre ni miedo. Estaban en la mansión de Dios nuestro Señor.
Pero en el ángulo de la casa, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas las mejillas y la boca sonriente…. Muerta, muerta de frío en la última noche del Año Viejo. La primera mañana del nuevo año iluminó el pequeño cadáver, sentado, con sus fósforos, un paquetito de los cuales aparecía consumido casi del todo. ¡Quiso calentarse!, dijo la gente. Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni el esplenderá con que, en compañía de su abuelita, había subido a la gloria el Año Nuevo.


Podemos usar este cuento navideño, para enseñarle a nuestros hijos o nietos valores
como, la empatía, la generosidad, la solidaridad, y para mejorar su comprensión lectora. Podemos usar estas preguntas:

¿Qué vendía la niña descalza para ganar unas monedas?
¿Logró vender alguna de sus cajitas de cerillos?
¿Que pasó cada vez que prendió los cerillos?
¿Con el ultimo cerillo, recibió una visita especial?, ¿quien la visitó? ¿Que le paso a la cerillera esa noche del Año Nuevo?
¿Por qué era necesaria la empatía con la pequeña? ¿Qué gestos de generosidad tendrían con la niña ? ¿La hubiera salvado alguna persona solidaria?
Y las que tú creas…..
atención y

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